miércoles, 18 de noviembre de 2015

EL VESTIDO


El vestido



Caminaba agitado, con largos pasos y el viento en contra; los labios resecos por el frío; la nariz enrojecida; el pulso inquieto; cuatro, cinco pasos, la mirada hacia atrás, huyendo de la vergüenza acechante en las esquinas, en las ventanas de las casas, en los ojos ajenos. Escondía la cabeza entre los hombros y sin embargo continuaba siendo visible, maldiciendo a todas las tortugas y avestruces ignorantes. Caminaba temeroso, sintiendo en la nuca la estentórea voz de una cara familiar, un conocido, colega de profesión, un antiguo compañero de universidad. Entonces sobrevendrían las preguntas y todo su plan se iría al carajo. Cada metro recorrido, el peligro y la paranoia aumentaban exponencialmente. Intentaba encontrar sosiego enumerando las precauciones tomadas: el permiso en la oficina, la zona de la ciudad, el sombrero, las gruesas gafas de sol, la gabardina rescatada del olvido del armario. El plan le parecía entonces bien estructurado, prácticamente infalible. Y sin embargo, la minúscula probabilidad de ser reconocido bastaba para sumirlo en una terrible inseguridad; es más, absoluto pánico. ¿Miedo a qué? No le hago daño a nadie. Ya no era aire lo que respiraba, sino un hediondo almizcle de sudor y volutas de humo que impregnaba todo a su alrededor, penetrando violentamente las fosas nasales con cada rugido del pecho.

            Los espasmos de lo que él creía la manifestación física su conciencia, agitándose en la boca del estómago, le sugerían abandonar el intento, tomar un taxi y desaparecer. Pero inmediatamente después pronunciaba para sus adentros el adagio popular metida la mano, metido todo el brazo, y apretaba el paso, ignorando los temblores de las rodillas y la presencia de la bolsa de papel que sujetaba con fuerza innecesaria contra el pecho.

            Localizada, finalmente, la calle, arrancó de un zarpazo el auricular de la cabina telefónica y marcó el número del trozo del periódico local. ya llegué. En otras circunstancias, hubiera estallado en carcajadas al reparar en la inutilidad de disimular la voz, cuando era ya la tercera vez que hablaba con sus interlocutores. Sí. 212. enseguida voy. Timbró en la casa número 212 y contra todo pronóstico esperaba la voz femenina del teléfono, abrió la puerta un hombre corpulento de camisa oscura y mirada patibularia. Pase y espere en la sala, dijo con irónica cortesía.

            Al parecer, él era el único cliente de la tarde, de manera que no tendría que cruzar miradas de falsa complicidad o reproche. Guardadas pequeñas diferencias en cuanto a los detalles, aquella salita era similar a la de su dentista, con sillas tremendamente incómodas, ideadas ex profeso para lesionar la espalda, unas cuantas revistas de moda y farándula en la mesa de centro, y esa detestable emisora de radio con bossanova. De hecho reflexionaba, más relajado, atento al minutero de la pared, el principio técnico era el mismo que en la clínica odontológica: se ofrecía un servicio social a cambio de una contraprestación económica; el cliente/paciente acudía con cita previa, según la disponibilidad del profesional  y, una vez cubierta la necesidad, abandonaba el lugar, más o menos dolorido, pero satisfecho. A ver si el tipo éste me trae una cerveza, una coca-cola, rió con disimulo, ocultándose de los ojos encendidos que lo vigilaban desde la puerta, temiendo recibir un puñetazo en plena cara, en el mejor de los casos. Con esta gente no se juega, se contuvo. Cogió una revista y fingió distracción. Pasado un cuarto de hora, el sicario reciclado en recepcionista le hizo una seña con la mano y lo condujo a través del corredor a la última puerta a la derecha.



            Si bien, el elemento central de la composición era específicamente la mujer en penumbra sobre la cama king size forrada en plástico, él fue incapaz de obviar el real protagonismo de unas gruesas cortinas de terciopelo color salmón, que ocultaban la mayor parte de la luz exterior y estructuraban aquella atmósfera de abrumadora irrealidad y perfumes excesivamente dulces. Solo la voz quehubo, papito rompió la ensoñación y desvió su mirada en dirección al cuerpo tendido. No; ella no era la del anuncio del periódico. La niña juguetona presente doblaba con toda probabilidad la edad esperada tendría unos treinta años, pelo corto, piel clara, formas angulosas. Es más; lo único que se asemejaba a la foto era el uniforme, también de plástico.

            ¿Y quién era él para discutir, para quejarse? La vida tampoco era como uno quisiera. Los síntomas de eso que llamaban crisis de la mediana edad le habían caído encima unos meses atrás, y no había tenido tiempo de conseguir el cargo de gerente en la empresa, de aprender a jugar al pádel, de reunir fuerzas para dejar a María Ángela. Recordó entonces cómo, sentado en el borde de su cama, la noche anterior, pensaba a oscuras en Maria Ángela, como se piensa en alguien distante o fallecido fenómenos casi idénticos, con ese manto de melancólica evocación de días felices, aunque sentía a sus espaldas el suave vaivén del abdomen cubierto por el edredón y la cálida exhalación y ese silbido acompasado tan irritante. Ni siquiera era necesario encender la lámpara para verla dormir. Bastaba con acercar la mano, bastaban las yemas de los dedos para comprobar el tacto flácido y estriado, los cabellos deshidratados, los humores de la carne en prematura descomposición, las verrugas del cuello hipertróficas por el roce con el collar que nunca se quitaba.

* * *

            La colegiala avejentada, aún recostada sobre la cama y mordiéndose las uñas de una mano, le informó una vez más ella sí era la dueña de aquella voz telefónica el precio, la duración, los extras, todo de un modo más bien oficinesco. Él, de pie todavía en el quicio de la puerta, estuvo a punto de sugerirle como consejo práctico colgar un aviso en la pared con los servicios y promociones.

            “¿Algún extra?. Inmediatamente recordó el paquete, olvidado en la sala. Regresar a la habitación le produjo un estremecimiento en la columna vertebral. Y de nuevo, quedó prendado de las cortinas durante un breve instante. Le entregó la bolsa con sumo cuidado, y ella la vació sin dilación ni posterior sorpresa, aniquilando al instante el misterio y la hora y media de planchado. ¿Quieres que me ponga esto? Pues son otros... otros doscientos mil pesos, mi amor ese mi amor le acabaría costando otro par de billetes. El volumen de la música aumentó considerablemente al iniciarse los contoneos. Las caderas de la mujer oscilaban al ritmo de alguna pieza de sofisticado reggaetón mientras se deshacía de su uniforme  con grandilocuencia. Él cerró los ojos, no por un acceso de pudor, sino con el deseo casi infantil de verse sorprendido. De nuevo María Ángela irrumpía, de entre un mar de años vencidos: los encuentros en el parque; “¡Ay, María Ángela!, toda ella dulzura e inocencia, el cabello dorado y fragante, y sus marmóreas manos cubriéndole el rostro, propiciando el asombro. ¿Quién soy? “¡Brigitte Bardot!, contestaba él, admirando simplemente la juventud de aquella muchacha a la que esperaba a la puerta del colegio, mientras exhibía ante las demás niñas su ropa y su actitud de universitario.

            Un penetrante aroma a naftalina, polvo y reclusión prolongada anegó la habitación. Acaso aquel fuera el olor del recuerdo. Levantó los párpados sin premura, disfrutando de la aparición  progresiva de la imagen: una enorme mancha color marfil opaco; remembranzas de belleza devastada. La frágil seda apolillada cubría un cuerpo lívido, casi virginal,  de caderas firmes y brazos estilizados. De las piernas, apenas los tobillos hacían acto de presencia. Más luz, pidió él, mientras se quitaba la gabardina.

            Obvió los hechos más o menos objetivos, como el estado terminal del vestido, cuya modelo actual, prieta como un producto de charcutería, se desbordaba violentamente por encima de la tela, hecha originalmente para una quinceañera atormentada por no haber sido capaz de acudir a la clínica como él sugirió entonces y librarse de aquel traspié. Aun así, repitió mentalmente el mantra metida la mano, metido todo el brazo y la tomó por las muñecas, envolviéndola en un impostado abrazo de mutuo reconocimiento. Con inquietos movimientos, él buscaba la tersura ausente en los hombros, la firmeza extinta en el abdomen y los labios teñidos de magenta. Pronto la seda comenzó a ceder ante la carne, estallando debido a la presión. En aquél aire enrarecido se condensaron los alientos y los efluvios de sudor. Cualquier vestigio de inocencia fue erradicado con gritos histéricos y rasguños.  Todo incluso el disco de reggaetón hubo concluido en pocos minutos. Y tras el último aullido, un silencio lacerante colmó la habitación.



            Comprobó el reloj. Todavía le faltaba más de media hora. Sentado en la cama, dudaba entre pagar e irse, o conversar sobre alguna trivialidad hasta agotar el tiempo. Así que preguntó por las cortinas. Ella contestó que cada una decoraba su cuarto. Le ofreció el vestido, afirmando que a su esposa ya no le quedaba bien. Gracias rey, pero el arreglo sale más caro, contestó la mujer vistiéndose de espaldas, como invadida de pronto por un pudor inusitado

            En el exterior, el viento había amainado en favor de una fina llovizna. La humedad del ambiente recrudeció el agotamiento físico y los dolores musculares, luego decidió regresar en taxi a casa. En el trayecto, sintió un incontenible asco de sí mismo. Si hubiera leído más en sus años de estudiante, se habría sentido algo así como un Raskólnikov arrugado.


 Sin embargo, Aquella noche, por primera vez en muchos años, cayó profundamente dormido antes que María Ángela, y soñó con paseos a caballo por dorados campos de trigo y cálidos atardeceres en la playa. A la mañana siguiente, durante el desayuno, la encontró inusualmente radiante, incluso bella. Ya no era capaz de ver exactamente a María Ángela. Ante sus ojos, se tornaría a partir de ahora en un recipiente que contenía a la versión adolescente de ella misma. Por primera vez en mucho tiempo, quiso decirle que la quería; pero no lo hizo.


Luis Enrique Forero


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